
Tal vez el casamiento no haya sido ni sea,en mi caso,una de esas cosas que uno puede llamar una obsesión (al fin y al cabo ya tengo bastantes), pero que lo pensé lo pensé y en alguna época me vi entrando a la Iglesia de blanco mientras sonaba la marcha nupcial y todo eso. Después no sé: en algún punto del camino apreté el acelerador y fui a dar a otra parte; en lugar del país de Susanita terminé en el país de Mafalda.
Pero las bodas tienen esa cosa maravillosa del blanco, las velas, la emoción que no sabés bien de qué o de dónde nace.
Dado que en mi infancia yo pasaba mucho tiempo en casa de mi abuela, cerca de la iglesia, con mi tía menor asistíamos a casi todos los casamientos a título de invitadas o de observadoras (antes se le decía coladas o mironas). Cuando no nos tocaba de cerca el evento podíamos observar a gusto y gana y considerar más si el vestido le quedaba grande a la novia o si sabía caminar de tacos, que la emoción de la familia o esas cuestiones de índole sentimental.
En una de esas ocasiones en que asistíamos desde una perspectiva externa -de afuera,que digamos-fuimos testigos, literalmente, de un golpe de realidad. Ya culminada la ceremonia, cuando los novios se acercaban a la salida transportados por el Aleluya ,y zarandeados por los parientes y curiosos que querían saludarlos , una muchacha decidió practicar uno de los ritos más antiguos que tienen que ver con el casamiento. Atenazada tal vez por su temor a la soltería (o por alguna doña casamentera) se acercó a la recién desposada y pisó el borde del vestido, poniendo allí su pie y todas sus esperanzas de que, como reza la tradición, le atrajera un matrimonio seguro. Lo que le atrajo fue una cachetada que resonó en el umbral del templo. Y en medio del silencio que siguió, se oyó la voz airada de la madrina: "¡Estúpida! ¡No lo pises que es alquilado!"
Hasta hoy supe si los contrayentes se enteraron o no del episodio . Lo que sí sé es que allí fenecieron mis intenciones de pisar algún ruedo satinado y tal vez -sólo tal vez- sea esa la causa de que tampoco me haya atrevido a pisar un altar: por miedo a que alguna pariente iracunda aguarde a la salida.




