martes, 16 de septiembre de 2008

PERO CON DIENTITOS


El Barrio Frío, además de un chiflete que puede llegar a congelar al mismísimo Abominable Hombre de las Nieves, es un lugar poblado de leyendas, a las que los moradores agregan o quitan según la época, la edad del aeda y el grado de buena o mala relación entre los involucrados.
Contaba mi abuela que uno de sus vecinos en las noches de luna llena se transformaba, pero como era de índole pacífica, en lugar de metamorfosearse en hombre lobo prefería una mansa piel de oveja. El caso es que una madrugada la gente entró al campo a faenar un consumo y , cuando ya lo tenían colgando para pasarlo a deguello, en lugar del estertóreo balido del ovino se oye un claro ruego: "No me mate que soy F....". La Adelaida jamás me contó que pasó después, pero la descendencia que lleva tal apellido es prueba clara de que el matarife no sólo no cumplió su tarea sino que sólo ha de haber parado de correr allá por Cañada Brava.
La otra historia, situada por la Adelaida y mi tío Manuel allí cerquita de la cuneta junto al naranjo reza sobre un hombre que volvía a su casa en la alta noche y de pronto escuchó nítidamente el llanto de un bebé. Entre asustado y conmovido procuró entre los pastos hasta hallar en la canaleta una envoltura blanca desde donde salían los berridos. Tocado en la fibra más íntima de su ser aquel cristiano se acercó, descubrió el rosto del expósito mientras decía "Pobrecito, tan chiquitito"
Y fue lo último que dijo porque de entre el blanco lienzo emergió una cara con incipiente bozo y pronunicados caninos que, con tono de marcada ironía, dijo: "Sí: chiquito, pero con dientitos"
El piadoso caminante huyó con rumbo desconocido y tampoco nadie supo el derrotero del lobizoncito rimante. Pero yo tengo mi teoría: si con esa edad respondía ya a lo Lope de Vega se me hace que no renunció a las letras. Estas tierras han dado y siguen dado ingenios endiablados que poseen talento y bigote.
Yo voy a seguir investigando.

UN LOBIZÓN AMIGO MÍO


Dedicado a Gerte

Definitivamente esta ya no es la Era de Acuario ni la Era del Vacío ni nada de eso: es la Era del Lobizón. Por doquier alguien manifiesta haber visto uno. Aguardó pacientemente a que un imperfecto sosias -el Chupacabra- gozara su cuarto de hora y por fin encontró su momento de lanzarse al mundo rural en busca de su merecido trono de aullante merodeador.
Suele elegir doñas que moran en apartadas viviendas y su mayor placer es asustar; los indagados no han hablado de daños mayores salvo algunos empujones y un palazo propinado a un irreverente que pretendió eliminar aguas menores a la intemperie de una luna llena (bicho respetuoso de los astros el lobizón).
Se ha sabido también de un lobizón parlante pero que a esa agrega otra peculiaridad: maldice en portuñol. Véase: en ocasión de que la señora asediada por la criatura que merodeaba la casa atraída por las luces (¿algún gen de barboleta tal vez?), se atreve a mirarlo de cerca y apreciar múltiples detalles ( nunguno de los cuales la sedujo) ordena abrir fuego contra el engendro, quien, saltando un alambrado de siete hilos vocifera: "¡Me diste, filha da puta!"
Debo aclarar a los lectores que ete último testimonio me fue transmitido por un amigo que suele gustar de la noche, frecuenta señoras solas so pretexto de hacer trabajo social y tiene un aceptable dominio del portugués. Dios me libre de levantar sospechas en su contra pero -por si acaso- los viernes de luna llena no le abro la puerta de casa ni con orden judicial.

QUE NO LAS HAY, NO LAS HAY


Siempre me sentí una imbécil a la hora disfrazarme de bruja y salir con una calabaza anaranjada de plástico arreando un grupo de niños que mascullaban "Dulciutravesura", aipiñándose unos contra otros y muertos de verguenza, cumpliendo de este modo con el sacrosanto ritual del Halloween.
El Halloween en Santa Clara merecería un estudio aparte. Siempre me he preguntado qué pasa por la mente de los pasivos que esperan sentados a la puerta del Banco mientras pasan unos niños vestidos de algo indefinible: medio Jason, medio cow-boys, medio vampiros y más atrás una mujer envuelta en cuanto trapo negro halló en el ropero y tratando de lucir diabólica.
La madurez y los años de teacher me enseñaron a respetar una maravillosa tradición céltica en que los antiguos druidas espantaban a las almas de los muertos para que dejasen a los vivos seguir en la suya buenamente. Pero en lo que además respecta me seguí sintiendo una imbécil sólo que ahora ,además, temo que algún druida indignado me fulmine de un rayo iracundo. Espantoso final el de acabar en plena calle convertida en un emplasto de PVC anaranjado y caramelos de banana.

sábado, 19 de julio de 2008

LA PERRA VIDA



En la vida le he temido y temo a muchas cosas: al sufrimiento físico, a la muerte de mis seres queridos, a los tornados, a que me corten la luz, a las arañas, a las vacas, a los gallos, a la gente que insulta en la calle, a las langostas y -tal vez- a mi muerte, pero ningún temor se compara con el que le tengo a ... los perros.
Además de los especímenes humanos que la habitamos y numerosas aves y felinos, Santa Clara ha estado llena de canes ilustres, infames, violentos, fieles, chicos, grandes, que te ven acercarte con ese gesto impávido, sin dignarse a anunciar si sólo piensan quedarse allí o te van a saltar a la yugular.Si es cierto que los perros huelen la adrenalina que segregamos al experimentar temor, conmigo se deben embriagar.
Quien más quien menos habrá temido o temerá a cierto perro medio grande, medio traicionero, medio senil. Pero no es mi caso: yo le tengo miedo a TODOS los perros.
El obsesivo desarrolla estrategias para ocultar la vergonzosa tara y en eso puede llegar a alcanzar la perfección de un maestro. Ejemplo: voy caminando y en medio de la calle veo un perro con cara de nada. ¿Qué hacer? Aplicar uno de estos tres procedimientos: a) fingir que levanto una piedra y así el amenazante creerá que voy a arrojársela y huirá (¡pobre! jamás sabrá que no sé tirar piedras ni para arriba); b) me quedo parada y hago gestos como si hubiese perdido algo, lo cual me da excusa para retroceder unos metros en caso de que alguien estuviese mirándome; c) camino más lento a la espera de que pase algún vehículo y el animalejo se retire de su posición, en tanto yo voy rezando "San Roque, San Roque: que este perro me mire y no me toque"
Algunos hasta han sido mis amigos como el Melesio, que era propiedad de los vecinos pero solía sestear en casa y acompañarme a hacer los mandados, o la Margarita, que me saludaba de pasada al liceo y trotaba por el pueblo tras las huellas de los innumerables integrantes de la familia, pero la mayoría son del otros bando: los que me hacen cruzar de vereda.
No puedo dejar de mencionar en estas páginas al más villano de todos: el Masoller, un ovejero de edad incalculable que solía apostarse a la puerta de la casa de sus dueños adoptando la pose somnolienta del perro viejo y más allá del bien y el mal. Pero bastaba con que pasase alguien para que incorporara en demonio y te sacara corriendo. Parecía odiar especialmente a los ciclistas y, para colmo, alcanzaba velocidades increíbles, coordinadas con los ladridos furiosos y las dentelladas que te iba largando mientras se emparejaba contigo. Soñaba con atropellarlo, pero para su suerte murió de viejo antes de que yo siquiera comprase la Winner 4T.
Luego me las tuve que ver con el Simón, un perrito de aspecto desvalido y que muchos años atrás debió ser blanco. Durante mucho tiempo además de fastidiarme, su conducta me intrigó porque te dejaba pedalear tranquilo hasta que de repente le brotaba la bestia y salía disparado hacia uno. Para entonces yo ya había desarrollado la destreza de pedalear y soltar coces mientras tanto así que puede repeler varios ataques y, además, insultarlo. Tiempo después descubrí que era asuzado por un señor cuya ocupación consiste básicamente en permanecer sentado a la puerta de su casa. Entonces,mencioné al pasar una denuncia policial y el peligro fue conjurado.
Fue cuando conocí a la Poppy y todo volvió a comenzar, pero le paso como a mí: la maternidad la cambió para siempre. Y me dejó en paz.
Dicen que uno debe hacer frente a sus miedos y puede ser; yo , por ahora,no he podido. Opto por cruzar la calle o cualquier cosa menos -eso sí que no- salir corriendo porque prefiero que el dentado me acometa de frente y no por la retaguardia: mi imagen pública no resistiría a la exhibición de esta servidora de meñique levantado, corriendo despavorida por la 25 de Agosto con un barbilla prendido a sus posaderas.

(Dedicado al Masoller y a esa banda de minivillanos que han poblado de zozobra mis andares por esta villa).

viernes, 18 de julio de 2008

CUANDO YO ERA MARIPOSA


Una palabra que nunca me gustó fue METAMORFOSIS; será porque la asocio al monstruoso insecto de Kafka o porque tiene una sonoridad medio desagradable,pero lo cierto es que me da cosa. O será porque designa algo que a lo cual me cuesta horrores adaptarme: el cambiar. Está en mis genes: la comodidad y los adipocitos rebeldes.
Cierta vez halléme en un mismo recinto con quien supiera arderme de cuerpo entero en los años feroces y, tras unos breves segundos de mutua y piadosa contemplación, nos saludamos y nos preguntamos la serie ritual de preguntas bobas para luego fingir que teníamos otras cosas que hacer y huír uno del otro. Entonces -mientras me alejaba- el ofidio que a veces mora en mi cabeza pensó: "menos mal que el tiempo nos ha estragado parejo." Luego me arrepentí e hice penitencia -leve porque los silicios aún no están en oferta - , pero lo pensado pensado está.
Todos tenemos metamorfosis de cuerpo y de alma, sólo que las del cuerpo pueden llegar a ser muy onerosas (con lo que he gastado en productos diet a lo largo de en mi vida ya me hubiera podido comprar una casa de playa).Recuerdo cuando el buen consejo de una amiga (y el mejor aún de una terapeuta) me guiaron a los Gordos Anónimos. Allí me tuve que agarrar de las manos con la gente, tipo iglesia de Jimmy Schwaggart, y hacer contricción por cada hidrato de carbono consumido pero entonces no sólo me fui transformando de gordita en mujer flaca sino también en alguien más tolerante y alegre. Tan alegre que me subí a unos tacos de diez centímetros, empecé a mover las caderas, y no paré hasta cuatro años después.La gente no podía creer que me hubiese transformado en la mitad de mí (y yo tampoco).
Después, la matemática cruel me devolvió lo perdido y guardé los jeans de miniatura por si alguna vez me compraba una muñeca de aquel tamaño. De oruga a mariposa y otra vez a oruga.
Desde entonces los moradores de esta villa han adquirido un curioso hábito que es recordarme lo delgada que estuve en forma de una pregunta tan improcedente como absurda: "¿Te acordás de lo flaquita que estabas?" No, no me acuerdo: me pateó una heladera y perdí la memoria.Mi pasado de abdomen plano me condena.
A Dios gracias otra de mis metamorfosis me ha dotado de una nueva capacidad: la grosería.
En cierta ocasión, estando acodada en el mostrador del almacén decidiendo asuntos vitales para el mundo como si Peñarol debe o no jugar con línea de cuatro, un parroquiano dio en comentar con insistencia lo delgada que fui y cómo había engordado. Yo, con este don de gentes que recibí de mi señora madre, continué firme en el tema deportivo destinando al impertinente, apenas una leve sonrisa de colmillos asomados. Pero para su mal, el individuo reiteró el comentario. Entonces giré en su dirección y sin perder la sonrisa y el meñique levantado, sostuve el siguiente diálogo:
YO:¿Por una de esas casualidades planeás levantarme en la upa?
INOPORTUNO: No, claro que no.
YO: Bueno, entonces no veo por qué tenés que preocuparte tanto por mi físico.
En los siguientes minutos el aire se podría haber cortado con el mismo cuchillo con que el almacenero estaba cortándome queso magro, pero fue totalmente productivo: el índice de comentarios al respecto bajó un cincuenta por ciento y ,cada vez que alguien demuestra intenciones de opinar sobre el tema, el comerciante con diplomacia de anfitrión ,desvía el tema y seguimos corrigiendo males del fútbol uruguayo.

miércoles, 25 de junio de 2008

CUANDO YO ERA DOMADORA


Ni de potros ni de corceles alados: de motos. Habrá sido en una de esas primaveras de viento en contra cuando decidí que era tiempo del salto cualitativo: de la bici al ciclomotor y ¡adiós tracción a sangre! Pero en realidad eran otros los saltos que iba a dar. Adquirí entonces la pequeña bestia en incómodos pagos mensuales, siguiendo además el procedimiento lógico: primero la compré y luego pedí que me enseñaran a manejar. A mi primo Damián tocó en "suerte" el insólito magisterio. Aún recuerda con pavor la primera vez que traté de meter un cambio o la escena dantesca en que, tras despedirme tiernamente de mis ahijados bajo un cálido solcito de otoño, salí arrancando yuyos por entre la cuneta porque en lugar de aminorar, aceleré (lo bueno es que, desde entonces, los nenes me creen una especie de Easy Rider).
Y así dio comienzo mi azarosa vida de motoquera ... y mi leyenda negra.
Diez minutos antes de subir a la moto ya me contracturaba; el pequeño animal metálico fue minando mi carácter, como hacen los taxis con sus conductores y los ómnibus de línea con sus choferes. El momento de dar la famosa "patadita" era una pesadilla: mi coordinación psicomotriz colapsaba bajo la mirada de los curiosos y compasivos. Unos pocos osaron proferir comentarios, y por tal motivo aún recordarán las procacidades que brotaban de mi boca. Definitivamente aquel engendro diabólico hacía aflorar lo peor de mí.
Y luego venía el capítulo de rodar por las calles de Santa Clara. Durante la primera semana casi fui atropellada por un camión y amenacé seriamente la vida de cuatro perros y una bandada de gansos.
Siete días después cambié eso problemas por otros: como nunca calculaba bien las distancias ni la velocidad, cada mañana clavaba una frenada a las puertas del liceo, levantando la polvareda y el griterío de mis alumnos. Para disimular el bochorno yo asumía una actitud Marlon Brando total, y descendía del aparato endemoniado posando de radical. El otro tema era el saludo: muchos llegaron a creer que el cambio de vehículo me había envanecido a punto tal ignorarlos. En la realidad todo obedecía a un burdo problema de coordinación: jamás pude soltar la mano izquierda al conducir; andando en bicicleta era un ítem disimulable, pero en moto, levantar la mano derecha para saludar digamos que es, cuando menos, mortal. Procedí entonces a saludar con un gentil movimiento de cabeza; las doñas me adoraron: jamás me habían visto tan reverente.
Poco a poco fui evolucionando: ya no me chocaba el surtidor al frenar para poner nafta, ni raspaba el cordón de la vereda, pero pasar de 3ª a 2ª era la muerte: en vez de la caja de cambios aquello era la Caja de Pandora. Mas yo, como una lady de meñique levantado, sonreía mientras avanzaba corcoveando por la principal avenida.
Terminé de concluír que algo andaba mal cuando percibí que mis alumnos subían rapidito a la vereda tan pronto como yo me les aparecía en su campo visual, con el rostro crispado y envuelta en una nube de incertidumbre (¿dónde paro?, ¿irá a chocar hoy?, ¿Para dónde era la 2ª?, ¿me atropellará la bici a mí también ?). Y cuando percibí el pánico de mi niña Pastora. Mentira que los gurisitos no conocen el peligro: lo huelen en el aire. Si no ¿por qué cada vez que me veía en la moto gritaba "¡La moto de mamá nooooo !" ?
Entonces, por todo lo antes dicho asumí la derrota y retorné a mi bicicleta verde, larguísima y con aire de paquidermo pero ... sin motor.
Y cuando alguien me recuerda aquel tiempo aciago en que el embriague no se daba con el acelerador, y me pregunta por qué vendí la moto yo respondo simplemente: "Es muy ingrata la vida de domador"

sábado, 7 de junio de 2008

YA VENDRÁ EL PRÍNCIPE AZUL (O ALGÚN REY DE LA BARAJA)


Siempre me gustó más el mostrador que la mesa de té, la cancha de fútbol y no el paseo de compras, el asadito en lugar del vernisage y no me quejo: nadie me ha señalado con el dedo por ello (y si lo hizo, justo yo estaba de espaldas, así que me ne fute). El problema es que en lugar de buenos muchachos, de hábitos conocidos y ganas de permanecer a mi vera, siempre opté por los tahúres y/o las aves de paso (ahí sí, creo que alguien me haya señalado con el dedo, pero entonces yo me había puesto de espaldas, así que me ne fute). En esta aldea Santa viví unas cuantas historias aunque ninguna haya sido -creo- verdaderamente de amor.
Tuve sí una pasión que me costó un poco menos que la vida y algo más que la paz: pero el Señor me ha dotado de increíbles talentos para el sabotaje, así que en un tiempo no quedaba más que una botellita con arena de algún desierto, que me apresuré a tirar por entenderla una horrible metáfora del presente.
Ya repuesta del vínculo malsano, me abrí camino entre el fragor de la parranda y, entre codazos y meneos,seguí hallando finales para historias que jamás acerté a comenzar.
Alguna doña bienintencionada hasta se preocupó viéndome entrar a los 30 solterita y sin compromiso (yo también, pero alguien tenía que fingir); eso sí: al menos no me arrimaron ningún santo al que vestir, de modo que seguí el corso, con penas pero alguna que otra gloria.
Insisto en que no creo haberme enamorado porque imagino que en esas circunstancias uno se da cuenta de que está hasta las manos. Y tal vez para no quedarme sin saber lo que se siente, empecé a enamorarme de cosas y no de gente, de puro cobarde nomás. Es así que vine a amar este pueblo a veces tan lleno de espejos a los que no me quiero mirar, a las decenas de fotos antiguas que invaden lentamente mi casa y tras ellas sus fantasmas, a la vida (a quien amo con el dejo de tristeza que pongo en las cosas en las que creo), a mi hija, al fútbol y a Camarón.
La felicidad debe haber golpeado a mi puerta justo cuando yo tenía las manos ocupadas y no pude abrir, pero si no tuvo la constancia de volver mejor que se haya ido: para inconstantes y timoratos basta conmigo.
Y bueno: tal vez un día de estos le quite el moho a las viejas armas y entre a saco en la bailanta, donde nunca falta un antihéroe. O tal vez me ponga a chatear con hombres interesantes que se llaman Superpollo o Chico 10. Cualquier cosa menos rezarle a San Antonio, no vaya a sucederme lo que a una querida amiga (y en un tiempo también madrastra), quien enterada de que iba a subir al cerro con nombre de Santo, temió lo peor y me advirtió: "Ay, Carmen, por favor: no le pidas nada, mirá que yo le pedí ... ¡ y me mandó a tu padre !