El domingo pasado la Navidad nos llévó a misa y lo hizo ir a mi padre, muerto hace tres años. Allí fue evocado y lo pensamos y lo rezamos y hasta me permití considerar que en su nueva situación lleva menos faltas a misa que estando entre nos.
Entramos y nos acogieron los villancicos, las luces, el pesebre, las campanitas: la soñada atmósfera natalina.
Pasamos a nuestros lugares y aún debimos esperar un rato antes de que la ceremonia comenzara. Esos minutos fueron los que motivaron esta crónica porque, mientras aguardábamos comencé a mirar el altar, primorosamente decorado y entonces traté de viajar hacia atrás y recordar aquel otro altar de esta misma capilla, anterior a la pulcritud de la madera y el brillo de los candelabros. Y paseé los ojos por aquellas paredes casi desnudas, recordé un espacio blanco, los ornamentos y la serena estampa del padre Alonso sentado a un lado con las manos en el regazo. Entonces, en el momento sublime de la reflexión alguien gritaba "¡Papito!" y alguien más lo silenciaba, una gallina cacareaba en el patio o en el corredor o algún otro ruido salido del mundo de mundos que él habitaba, lo venía a convocar. Después le tocaba el turno a la televisión, las uniones informales, la minifalda, las muñecas caras, la ropa de marca, etc, etc; todavía recuerdo sus sermones en mis años de catecismo y cómo el lunes miraba la novela de Verónica Castro con verdadera mala conciencia.
La del Padre Alonso era una imagen que parecía extraída de una novela de Víctor Hugo, que ganaba unos toques de Alfredo Krauss cuando cantaba (nadie que haya oído al Padre cantar el Himno Nacional o el "Alabaré" puede haberlo olvidado). Cuando decía aquello de "A tí, Dios Padre omnipotente ..." los del catecismo lo mirábamos sintiendo que en cualquier momento se elevaba del suelo, pero todos esperábamos que no dijera aquello de "Démonos fraternalmente la paz" porque entonces había que empezar a repartir besos a gente con la que uno no andaba con mucha ganas de besarse.
Este último domingo mientras sanateaba canciones que jamás había escuchado (al mejor estilo de un futbolista uruguayo cantando el Himno), pensé en aquellos tiempos del "Tú has venido a la orilla" cantado a voz en cuello, con el Father a la cabeza y en todo lo que cambió. Cambiaron las paredes, cambiaron mis ganas de entrar a una iglesia, cambió mi fe, cambiaron los ruidos del patio del colegio y cambió de sitio aquella presencia del eterno resfrío, de los zapatos siempre un poco despegados , de "Mis queridos". Pero irse no se fue.
domingo, 30 de diciembre de 2007
LAS PALABRAS GRISES

¿Qué me gusta de Santa Clara? ¿Qué me gusta de vivir en Santa Clara? No sé, francamente no sé. Prefiero dar esa respuesta que me nace espontánea, y no darme tiempo a impostar.
Creo que a mucha gente, en muchos lugares como este les debe ocurrir algo parecido. Uno vive en un sitio por diversas razones: porque no tiene más remedio, porque lo obligan, porque no puede irse o porque lo eligió (el lugar a uno a uno al lugar). Y cuando nos preguntamos por qué elegimos ese sitio puede que la respuesta se vuelva a complicar.Pero es importante preguntarse para descubrir o recordar lo que nos hace estar aquí pues, tal vez, sea esa la forma de recordar lo que importa, lo que hizo que valiera la pena habitar estos lares y que ahora parece desdibujado por un discurso gris y agrisante.
Como una letanía oimos decir que aquí no se puede, que la gente aquí sólo critica, que somos desunidos, que en otros pueblos las cosas salen y aquí no, y así suma y sigue. Pero al día siguiente nos levantamos y seguimos viviendo aquí. ¿Y entonces qué?
Puestos a considerar qué es lo que hay que cambiar (me permito suponer que la necesidad de cambio es indudable), tal vez sea la realidad pero también el discurso que se constituye sobre esa realidad y a veces instala imágenes y corrientes de opinión que no son fieles a lo que verdaderamente es. Entendamos discurso no como una pieza oratoria dicha en un estrado sino como una opinión o conjunto de opiniones, puntos de vista que, a fuer de repetido en el día a día, se va extendiendo y arraigando.
Cuando se trata de nuestro discurso como comunidad (al menos uno que parece bastante extendido), lo más alarmante es la autopercepción que encierra, la forma en que nos vemos, lo tremendo de caminar mientras repetimos que no vamos a ninguna parte, hacer sintiendo que en otros lugares se hace mejor.
Asomarse al espejo a mirar lo positivo -total lo negativo lo estamos rumiando a diario- , tomarse unos minutos para valorar lo bueno sin pararnos en el estrado, sin estallidos sentimentales, sin posar para la foto, tal vez debamos hacer eso. Me da la sensación de que hemos ido perdiendo la autoestima y no puede ser que tanta gente viva en Santa Clara como si estuviese en el destierro siberiano. Estamos donde nos tocó o elegimos estar y tenemos que lidiar con esa circunstancia y poder con ello. Si no nos vamos a ir, entonces algo habremos de hacer para que el estar valga la pena. Algo, aunque sea cambiar la letanía del "aquí no" o el "¿para qué?" Al fin de cuentas el que se amarga por los que critican ¿mira a su alrededor para saber cuántos lo apoyan?
Creo que a mucha gente, en muchos lugares como este les debe ocurrir algo parecido. Uno vive en un sitio por diversas razones: porque no tiene más remedio, porque lo obligan, porque no puede irse o porque lo eligió (el lugar a uno a uno al lugar). Y cuando nos preguntamos por qué elegimos ese sitio puede que la respuesta se vuelva a complicar.Pero es importante preguntarse para descubrir o recordar lo que nos hace estar aquí pues, tal vez, sea esa la forma de recordar lo que importa, lo que hizo que valiera la pena habitar estos lares y que ahora parece desdibujado por un discurso gris y agrisante.
Como una letanía oimos decir que aquí no se puede, que la gente aquí sólo critica, que somos desunidos, que en otros pueblos las cosas salen y aquí no, y así suma y sigue. Pero al día siguiente nos levantamos y seguimos viviendo aquí. ¿Y entonces qué?
Puestos a considerar qué es lo que hay que cambiar (me permito suponer que la necesidad de cambio es indudable), tal vez sea la realidad pero también el discurso que se constituye sobre esa realidad y a veces instala imágenes y corrientes de opinión que no son fieles a lo que verdaderamente es. Entendamos discurso no como una pieza oratoria dicha en un estrado sino como una opinión o conjunto de opiniones, puntos de vista que, a fuer de repetido en el día a día, se va extendiendo y arraigando.
Cuando se trata de nuestro discurso como comunidad (al menos uno que parece bastante extendido), lo más alarmante es la autopercepción que encierra, la forma en que nos vemos, lo tremendo de caminar mientras repetimos que no vamos a ninguna parte, hacer sintiendo que en otros lugares se hace mejor.
Asomarse al espejo a mirar lo positivo -total lo negativo lo estamos rumiando a diario- , tomarse unos minutos para valorar lo bueno sin pararnos en el estrado, sin estallidos sentimentales, sin posar para la foto, tal vez debamos hacer eso. Me da la sensación de que hemos ido perdiendo la autoestima y no puede ser que tanta gente viva en Santa Clara como si estuviese en el destierro siberiano. Estamos donde nos tocó o elegimos estar y tenemos que lidiar con esa circunstancia y poder con ello. Si no nos vamos a ir, entonces algo habremos de hacer para que el estar valga la pena. Algo, aunque sea cambiar la letanía del "aquí no" o el "¿para qué?" Al fin de cuentas el que se amarga por los que critican ¿mira a su alrededor para saber cuántos lo apoyan?
martes, 11 de diciembre de 2007
CAPILLA SIXTINA

Con esto de la mudanza interna, lapintura y demás, mi cuarto luce como la buhardilla parisina de un novelista en sus años pobres y creativos. Es raro, pero lo arreglé como si tal fuera a quedar; es el reencuentro con la proximidad y el abigarramiento en esta Casa de los Vientos tan grande, tan espaciosa.
Debo confesar que la experiencia de echar color sobre las paredes del hogar me ha resultado desvastadora para el cuerpo, el bolsillo y la autoestima, puesto que me he cansado hasta el agotamiento, he gastado muchísimo y me siento una idiota por haber contratado a este Michelángelo del subdesarrollo que en vez de rodillo parece que usara la lengua para pintar. Gracias a él, la habitación del medio cobró un aspecto musical: las rayas le dan cierto aire de pentagrama vertical. Los conceptos que el hombre expresa acerca de su "obra" me recuerdan a "Las ropas nuevas del emperador": elogio de lo que no se ve ni existe, a sabiendas de que así es.
Mientras aguardo que la pesadilla cromática se termine pronto, sueño con tapices y cuadros gigantescos que disfracen las vergüenzas chapuceras.
Debo confesar que la experiencia de echar color sobre las paredes del hogar me ha resultado desvastadora para el cuerpo, el bolsillo y la autoestima, puesto que me he cansado hasta el agotamiento, he gastado muchísimo y me siento una idiota por haber contratado a este Michelángelo del subdesarrollo que en vez de rodillo parece que usara la lengua para pintar. Gracias a él, la habitación del medio cobró un aspecto musical: las rayas le dan cierto aire de pentagrama vertical. Los conceptos que el hombre expresa acerca de su "obra" me recuerdan a "Las ropas nuevas del emperador": elogio de lo que no se ve ni existe, a sabiendas de que así es.
Mientras aguardo que la pesadilla cromática se termine pronto, sueño con tapices y cuadros gigantescos que disfracen las vergüenzas chapuceras.
RARAS FIESTAS DE ESPERANZA
Pasé Nochebuena con unos amigos y luego me encaminé hacia un baile que merece integrar una muestra de teatro experimental o de tele bizarra.
El hall medio vacío o el gesto de los boleteros debió hacerme sospechar, pero entre sidras y turrones parchamos la esperanza que anda ahí, retozando delante de uno.
Casi lloro al ingresar a la pista: la cumbia no alcanzaba a disipar las tinieblas o el aburrimiento de los bultos (presumiblemente humanos), que resignadamente poblaban los rincones y laterales. Allá sobre el escenario, lejos, lejos, con la distancia que el vacío multiplica, podía verse al organizador del baile con el impenetrable gesto de un apache, sentado tras una mesa, espiando las misteriosas evoluciones del equipo de su discoteca: dos grabadores conectados a parlantes. Y acá, del otro lado del océano de parquet, nosotros, la grey de las noches bailables, los optimistas de siempre.
Si en entre momento tuviera que definir el sentimiento imperante, no sabría decir si se trataba de ganas de bailar o estupor. Mientras ensayábamos unos piadosos pasos movimientos rítmicos abarqué el escenario con la vista: el hombre de la discoteca, ajeno al mundo de la música digital, con una portátil en la mano trataba de entender por qué los discos saltaban y la cumbia villera no pasaba de una interminable sucesión de comienzos: "Laura, siempre cuando bailas se te ¡PAF!" , "Pibe cantina de qué te la ¡PAF!" " A parar a la comis.. ¡PAF!"
Pero la peleamos duro y logramos no sentirnos tristes. Ya estamos prontos para empezar otra (de preferencia que también termine).
El hall medio vacío o el gesto de los boleteros debió hacerme sospechar, pero entre sidras y turrones parchamos la esperanza que anda ahí, retozando delante de uno.
Casi lloro al ingresar a la pista: la cumbia no alcanzaba a disipar las tinieblas o el aburrimiento de los bultos (presumiblemente humanos), que resignadamente poblaban los rincones y laterales. Allá sobre el escenario, lejos, lejos, con la distancia que el vacío multiplica, podía verse al organizador del baile con el impenetrable gesto de un apache, sentado tras una mesa, espiando las misteriosas evoluciones del equipo de su discoteca: dos grabadores conectados a parlantes. Y acá, del otro lado del océano de parquet, nosotros, la grey de las noches bailables, los optimistas de siempre.
Si en entre momento tuviera que definir el sentimiento imperante, no sabría decir si se trataba de ganas de bailar o estupor. Mientras ensayábamos unos piadosos pasos movimientos rítmicos abarqué el escenario con la vista: el hombre de la discoteca, ajeno al mundo de la música digital, con una portátil en la mano trataba de entender por qué los discos saltaban y la cumbia villera no pasaba de una interminable sucesión de comienzos: "Laura, siempre cuando bailas se te ¡PAF!" , "Pibe cantina de qué te la ¡PAF!" " A parar a la comis.. ¡PAF!"
Pero la peleamos duro y logramos no sentirnos tristes. Ya estamos prontos para empezar otra (de preferencia que también termine).
HOY, QUE NACÍ A LOS TREINTA Y UNO
Este no es un día cualquiera sino el día en que el Excelso, el Agropecuario y yo nacimos otra vez, cual insólitos trillizos. Como es de suponerse, todo ocurrió a bordo de la nave de Pereira (la Coqueiro), y en sus proximidades. Fue una gran alucinación matutina aquella carrera desbocada, envidia de Thelma y Louise, conviviendo con la serena charla del Agropecuario o el perfil azteca e impasible del Excelso, recortado en el estruendo. Y cuando creí que despertaba (pues nos bajábamos), aún nos tocó presenciar una escena de antología surrealista: a pocos metros, el vehículo dejó de ser camioneta para convertirse en arado tras perder una rueda y seguir marchando . Probablemente, en esos instantes, Pereira estaba echando mano a algún rescoldo de freno pero a mí se me antojó una imagen de tosudez, un querer seguir contra viento, ejes y marea.
Tardé un rato largo en darme cuenta de lo cerca que estuvimos de matarnos en la carretera. Sobrevino entonces una suerte de pánico retroactivo y supe que -sin hipérboles- desde ahora tendré dos cumpleaños: el 21 de marzo, día en que nací sola y el 6 de octubre, día en que nací treintañera y en agrupación.
Tardé un rato largo en darme cuenta de lo cerca que estuvimos de matarnos en la carretera. Sobrevino entonces una suerte de pánico retroactivo y supe que -sin hipérboles- desde ahora tendré dos cumpleaños: el 21 de marzo, día en que nací sola y el 6 de octubre, día en que nací treintañera y en agrupación.
Martes 6 de octubre de 2002
OTRA DE LLUVIAS
Santa Clara está perdiendo su identidad: el Pililín cambió su histórica bicicleta por una moto y la Intendencia envió maquinaria para arreglar la avenida 25 de agosto (¡adiós baches centenarios!). Ayer de tarde, mirando cómo el trascabato iba y venía pensé: "ha llegado el circo al pueblo" porque la gente se había parado en las puertas o sentado en los muros a contemplar aquel espectáculo difícilmente catalogable como divertimento. Y la voz popular no se hace esperar mucho: "No sé si irán a alambrar el pueblo pero, por lo pronto, lo están arando". Fiel a alguna maldición inveterada que tiene que ver con maquinaria de la Intendencia y mal tiempo, un día después de comenzadas las obras se largó a llover, dejando nuestra principal avenida con aspecto de huella de carretas. Me parece que la veo a la Adelaida sentada a la puesta de su casa vociferando contra la máquina amarilla porque su presencia en el barrio auguraba barrizal. En aquellos días adquirí la destreza de evitar los charcos y la tierra blanda, y esta tarde comprobé que aún la conservo.
Mirando hacia la calle a esta hora en que la luz empieza a ser penumbra me siento realmente bien. Entonces pienso en la cantidad de veces que he pasado y, al ver a alguien tras una ventana ,he sentido pena de ese pobre ser de existencia apagada que mata las horas viendo a otros pasar. La misma idea se les ocurrirá a otros respecto a mí. ¡Qué poco sabe uno de otros cuando opina! Los supone y nos más que eso.
Mirando hacia la calle a esta hora en que la luz empieza a ser penumbra me siento realmente bien. Entonces pienso en la cantidad de veces que he pasado y, al ver a alguien tras una ventana ,he sentido pena de ese pobre ser de existencia apagada que mata las horas viendo a otros pasar. La misma idea se les ocurrirá a otros respecto a mí. ¡Qué poco sabe uno de otros cuando opina! Los supone y nos más que eso.
Sábado 24 de febrero de 2002
PORFIADOS BRILLOS DE CARNAVAL
No es domingo pero también llueve. En Santa Clara estamos "de carnaval". Se prepara el tablado y la murga "Aquí está la pelotita" ha realizado ya dos presentaciones en lugares de entretenimiento. Camino a uno de ellos pasaron por mi balcón. Verlos surgir de la oscuridad, del barrio de los que andan calles siempre a pie, y moverse en la semipenumbra con temor a mostrarse alegres pero con deseos de no lucir tristes fue raro.
Son hijos de esta tierra, no hay con qué darle. Me quedé más nostálgica que otra cosa al ver aquellos destellos a medias, aquellos brillitos porfiados que en el fondo no abrigan esperanza de alegrar, pero sí de no perder la alegría.
Son hijos de esta tierra, no hay con qué darle. Me quedé más nostálgica que otra cosa al ver aquellos destellos a medias, aquellos brillitos porfiados que en el fondo no abrigan esperanza de alegrar, pero sí de no perder la alegría.
Sábado 24 de febrero de 2002
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